lunes, 26 de septiembre de 2011

«¡Tú!»

*
Iba... ¿Iba? Bueno, digamos que iba... Iba caminando... ¿caminando? ¿Por la calle quizás? ¿Por el parque? ¿Por un bosquecito?

Escuché una voz que me gritó desde unos pasos detrás de mí: «¡Tú!»

«¿Yo?», pensé. Bueno, no pensé eso, pensé algo del estilo de: «¿Quién ha dicho eso?».

Como pensarlo sin hacer algo me pareció una tontería, me di la vuelta para ver quién había dicho eso. Sin embargo no había nadie.

Murmuré no sé qué, subí los hombros en gesto de «¡bah!», y volví al caminar, tranquilamente.

Pero al poco rato lo volví a escuchar, fuerte, claramente:

— «¡Tú!»

«¿Yo?» (esto no lo pensé quizás, pero detrás de todo gran «tú» aparece un gran «yo», jejeje).

Me di la vuelta de nuevo: no había nadie. Por ningún lado. Miré a conciencia en todas direcciones. No había nadie. En ese bosque (o parque, o calle, o quién sabe...) estaba solo yo.

¿Yo?

En fin, volví al caminar (es lo propio en los caminantes)...

Más adelante vi un espejo, bastante grande, de tamaño de cuerpo-entero, apoyado contra el tronco de un árbol. No sé por qué, me dieron ganas de mirarme en el espejo.

Ahí tampoco había nadie.
*